Ya hace 30 años...

Montevideo, 13 de octubre de 2002.

Ya hace 30 años, un día la vida se me cambió en 5 minutos.
Pasé de estar contrariado porque nos habíamos perdido un día de estadía en Chile jugando al rugby, a estar en los pedazos de un avión estrellado en el hielo de Los Andes.
A mí alrededor, todo era una pesadilla.
Me costó mucho entender que estaba viviendo un mundo diferente, terrible, de una gran desolación. Lo único que conservaba era a mi mismo y lo único que podía ganarme era lo que pudiera ayudar a los demás. Ayudé a todos los que mis fuerzas me lo permitieron, pero por supuesto no era suficiente. Al día siguiente lo mismo y así durante meses. El consuelo eran los amigos que aun quedaban con vida y el sentir que no estaba solo en la lucha. Las charlas con los heridos que me agradecían lo que hacia por ellos. El agradecimiento del capitán del equipo...
Eramos una comunidad donde hasta lo más elemental era un desafío. Un vaso de agua era derretir la nieve si es que había sol, la cama era dormir apilado con las piernas apretadas y dormidas hasta que el cansancio te vencía con el sueño. De la comida mejor ni hablar, le preguntaba a Dios si había sido tan malo que para sobrevivir tenía que someterme de esa manera. El viento que empezaba a soplar a las 4 de la tarde, la montaña que se estremecía con los aludes cuando empezaban las penumbras. Lo fácil que era morirse y si en algún segundo lo olvidábamos ahí estaban nuestros amigos muertos para recordármelo y sentir la humillación de no tener fuerzas para enterrarlos. Al caminar te caías, te faltaba el aire, te enterrabas en la nieve y por sobre todo que teníamos que ahorrar energía porque nos íbamos secando como una rama verde al sol que fue cortada del árbol.
También las noches cuando se calmaba el viento y miraba al cielo y veía las tres marías que tantas veces desde niño miraba desde mi casa me parecía imposible que estuvieran ahí tan cerca y a la vez tan lejos, pero un ratito nomás porque el frio era terrible...
Vivimos pensando "tal vez mañana" salgamos de aquí y vivir por vivir de porfiado nomás. Rezábamos mucho, conversábamos con Dios estábamos tan cerca de El y le decía: " si me tengo que morir, no voy a ser yo el que me entregue, pero dejame vivir un poquito mas". Nos llego a pasar después del alud que en lugar de sentir tristeza por lo que no estaban, nos daba lastima por nosotros mismos que teníamos que seguir sufriendo para probablemente morir mas adelante. Desde los primeros días empezamos a tratar de salir caminando cuando no nos agarraban tormentas de nieve. Así aprendimos que los lentes oscuros son la vida de tus ojos, que de tarde la nieve se ablanda y no podes caminar solo con zapatos. Que si te agarra mojado la tarde se te congela la ropa y si no tenes una bolsa de dormir es muy difícil que pases la noche. No saber donde estábamos, si era Chile o Argentina para donde arrancar, esa incertidumbre. Al final salimos tres caminando, y lo que parecía imposible, lo que tantas veces anhelamos, soñamos y rogamos fue alcanzado.
Muchos se preguntan como lo hicimos, también nosotros nos preguntamos lo mismo. Sentía que tenia un compromiso que siempre había algo para hacer, para contribuir.
Tenia claro que no iba a ser parte del fracaso. Solo le pedía a Dios que no lo hiciera imposible, que el resto lo ponía yo, aun cuando me parecía inútiles mis pequeños pasos para cruzar Los Andes sabia que era lo mejor que podía hacer.
Aprendí que cuando te flaquean las esperanzas seguir por el esfuerzo en si mismo que es lo único que aparte de los logros te da paz espiritual.

Roberto Canessa

Edgardo Barrios - San Rafael Tour
 


 
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